martes, 10 de julio de 2012

BIOGRAFÍA DE RAFAEL BECA MATEOS (1.889-1.953): Su vital aportación al arrozal andaluz 1937/53




D. Rafael Beca Mateos.

Don Rafael Beca Mateos fue un industrial sevillano, nacido en la localidad de Alcalá de Guadaira en el año 1889. En 1920, ya se dedicaba a la exportación de aceitunas de aderezo y conservas vegetales a los EEUU. Creó, en 1933 la empresa “R. Beca y Cía. Industrias Agrícolas S.L.” que, más tarde, transformada en sociedad anónima, fue utilizada como instrumento legal para llevar a cabo la absorción de Ismagsa y la compra de toda la marisma de la margen derecha del Guadalquivir.

No es fácil localizar datos bibliográficos relativos a la vida de este gran hombre –porque no están recopilados y publicados en Internet-, pero como la parte que aquí nos atañe es solamente la relativa a su “aventura arrocera en La Isla Mayor”, para localizar la información necesaria, he tenido la suerte de contar con el excelente y bien documentado libro de mi buen amigo Matías Rodríguez: “Historia de La Isla Mayor del Río Guadalquivir”, que es mi particular “Libro de consulta”, cuando se trata de buscar datos relativos a la historia de mi pueblo adoptivo. Además, he contado en este trabajo, con su supervisión “ejecutiva” que lo ha elevado aun nivel al que yo difícilmente puedo llegar, por mucho que me esfuerce.

Este trabajo no pretende, por tanto, alcanzar la biografía completa de Rafael Beca Mateos, sino situarlo en el momento y en la época del inicio de la transformación definitiva de las Marismas del Guadalquivir para el cultivo arrocero. Así que no vamos a entrar en más detalles biográficos, que por otra parte no parecen estar a disposición pública. 


Paso de ganado en la barca antes de la construcción del puente de la Isla por el Marqués de Casa Riera

Las Marismas habían sido desde tiempos inmemoriales un lugar dedicado al pastoreo de ganado, aprovechado por todos los pueblos del entorno de forma gratuita o bajo cuota por cada cabeza introducida que allí se alimentaba, con algunas pequeñas huertas de pastores y agricultores avecindados en pueblos colindantes. Pero una visita de un ingeniero inglés,  que viene de cacería de patos, descubre la similitud de estas tierras con las de Delta del Nilo, donde estaba realizando una profunda transformación, para su puesta en regadío.

Lo que se encontró Fisher en la Isla no le asustaría demasiado ya que venía de unas marismas, -mejores agronómicamente que las nuestras-, pero con un nivel de vida paupérrimo, presumiblemente, peor que en la nuestra. Estas tierras, que se inundaban, cuanto menos, una vez al año, dejaba a sus pocos habitantes en pequeñas islas, las vetas donde habían construidos sus “chozos”, totalmente incomunicados de un mundo, -el pueblo más cercano, La Puebla del Río-, que tampoco es que tuviera mucho que ofrecer. Pasaban meses y meses  incomunicados, sin verduras, frutas, hortalizas o cualquier alimento con aportación vitamínica  Si yo sufrí en los ´50 esa carencia, con resultados de pequeñas pupas en las rodillas, piernas y brazos especialmente y que mi madre me curaba con “emplastos de arroz blanco hervido”, cómo sería la consecuencia de aquella mala alimentación continuada. Eso sí, disponían de abundante pescado y carne fresca, para los que podían y sabían cazar y pescar. Pero el paludismo, era endémico y generalizado y la tuberculosis muy extendida. No existía ningún punto de socorro, ni para sacarse una muela, al estilo de los médicos-barberos del Oeste Americano. La Isla, era efectivamente una isla y sólo cuando pillaban a los barqueros podían intentar la aproximación al pueblo más cercano, pero todo ello a pie o a caballo y a veces con el agua cubriendo media cabalgadura. No, no fue nada fácil la vida para aquellos pastores, que por no tener no tenían ni mujeres, pero eso sí, tenían cabras que les daban leche fresca.

Así quedaba la Isla cuando se inundaba, bien desde le Guadalquivir o desde el Guadiamar.

Mter. Fisher, que así se llamaba el ingeniero, primer soñador conocido que quiso transformar estas marismas, convenció a una serie de inversores extranjeros para crear una empresa: “Islas del Guadalquivir S.A.”, con el fin de transformar estas marismas y convertirlas en un emporio de riqueza agrícola. En aquellos momento de grandes desequilibrios económicos –recordemos el posterior crak del 29- y sociales, este emprendimiento caló tanto en nuestra sociedad necesitada de grandes proyectos, que tuvo el apoyo del régimen dictatorial de Primo de Rivera y, por supuesto, de la corona real española desde sus inicios. 


Colocación de la primera piedra en la Iglesia de Alfonso XIII, durante la visita del Rey
Alfonso XIII dejaba clara y pública constancia del apoyo del Estado para conseguir la confianza de los inversores extranjeros –ingleses y alemanes, principalmente-. En su primera visita al Rincón de los Lirios -1927- el monarca inauguraba los trabajos de la compañía, con la simbólica siembra de una palmera para demostrar la feracidad de aquella tierra. Este estímulo al impulso inicial se repitió en el 28 con la inauguración del primer poblado de colonización, que recibió su nombre –conservado actualmente. Desde entonces, la compañía emprendió una ardua labor propagandística que se convirtió finalmente en una encubierta especulación bursátil, más intensa cuanto más infructuosos y estériles resultaron los aprovechamientos agrícolas. Aunque Mter. Fisher, su gran promotor, siempre creyó en este proyecto inicial, se vio obligado a abandonarlo ante los continuos fracasos de la compañía –agrícolas y económicos- y acabar trágicamente sus días mientras se le perdía la pista por el canal de Panamá.

A la izquierda vemos la choza de Venancia, la única vivienda que existía en El Puntal - Villafranco - Isla Mayor, (pues los tres nombres la han identificado) cuando se realiza el canal de desagüe de Casa Riera, cuya barandilla podemos apreciar en la foto. Ese canal es la primera obra importante de drenaje en las marismas. Este canal y el "puente de la Isla" son las únicas obras que esta primera empresa, comprometida con la colonización de las marismas, llevó a cabo. 

La agudización de las graves convulsiones sociales, tras el advenimiento de La Segunda República y las manifestaciones y huelgas de colonos y peones, además del boicot generalizado iniciado por la Compañía, llamada popularmente, de “los ingleses”, desembocó en el relevo de “la Chispalense”, -Compañía Hispalense de la Valoración de Las Marismas S.A.-, la misma empresa con una nueva imagen bursátil e identidad fiscal, donde recibe un nuevo impulso económico con capital argentino.


Una tras otra, las empresas que transformaban la marisma intentaban distintos tipos de cultivo en  este lugar, inmisericorde con plantas y personas, cuya salinidad sólo sería soportada por el arrozal. Aquí podemos ver una maquina a vapor moviendo una trilladora de trigo que es uno de esos cultivos que se dan bien en la marisma uno de cada cinco años. (más o menos), pues tiene que llover lo justo para que no se encharque y el suficiente para que no le falte la humedad. 

 La Chispalense consigue la siembra de arroz en 1929 –por primera vez en estas tierras, si no nos remontamos a los primeros e infructuosos intentos árabes- y a fuerza de una  férrea voluntad de lucha de algunos de sus directivos, extiende el cultivo, con unos rendimientos impresionantes –superando los de Egipto-, hasta 1932, cuando, ya totalmente arruinada y abandonada de sus inversores, interrumpe el riego a sus colonos y vuelve a dedicar la tierra para pasturaje, su función primigenia. El año siguiente es tremendamente caótico y no sólo se desmontan tramos del ferrocarril de vía estrecha, que proveía de agua y materiales de construcción y avituallamiento a toda la Marisma de la margen derecha, desde Colinas a la Veta de la Palma, sino que también es incendiado el molino arrocero del Puntal, que  embarcaba el arroz a la capital a través del Brazo de los Jerónimos, evitando la tortuosa senda terrestre.

Construcción de la casa de bombas de Mármol. La primera instalación de bombeo importante en las marismas. Cuando Beca reinicia   el cultivo del arroz, las bombas se las había "tragado" el río por lo que tiene que buscar buzos, sacarlas y volver a reconstruir todas las obras e  instalaciones,

A pesar de todas las dificultades y el abandono de la mayoría de los inversores extranjeros, algunos de sus miembros se resisten a perder su capital y dan vida a un nuevo relevo societario, entonces se crea ISMAGSA -Isla Mayor del Guadalquivir, S.A.-, que tampoco puede evitar las divisiones internas, con el consiguiente deterioro de las relaciones obrero-colono-directivo, mantenida hasta los inicios de la guerra civil española y que sólo desaparece con la inmediata toma de estas tierras por el ejército del general Franco, con el drástico cambio de relaciones entre obrero y empresario, impuesto desde el nuevo régimen que, en plena contienda, no se anduvo “con chiquitas”.

Y es, en este preciso momento, cuando entra en escena Rafael Beca Mateos (en adelante, se le relacionará popularmente en esta tierra, con su empresa: Errebeca) a solicitud del poder militar y político, acaparado por el omnipresente general Queipo de Llano. Don Rafael –digno merecedor por sus méritos de esa cortesía y, por otra parte, deseoso del encargo- era una persona reconocida por su valía y su honradez, además, su industria siempre fue solvente y valorada por los poderes económicos, de ahí que, Queipo de llano, junto con el alcalde de Sevilla, Ramón de Carranza, ambos con importantes intereses privados en esta zona de marismas, solicitan su implicación total en la reactivación del cultivo del arroz en Las Marismas del Guadalquivir de la margen derecha del Guadalquivir.

R.Beca y el molino arrocero ya existente cuando él inicia sus actividades arroceras.

De este modo se refirió Queipo, en noviembre del 36, en una de sus cotidianas soflamas a través de la radio sevillana, mostrando su incondicional apoyo al emprendimiento insólito de don Rafael Beca: “La magnitud de esta empresa, que no parece propia de españoles, siempre tan pusilánimes en acometer empresas de importancia. Parece más bien una empresa de americanos o de hombres de negocios de otros países más arriesgados que los capitalistas nuestros. Es una obra meritísima que debería haber estado protegida por el Gobierno de tal manera que fuese hoy un asunto verdaderamente floreciente que hubiese proporcionado a España grandísimos beneficios”.
Por lo tanto la implicación de don Rafael Beca en esta empresa de transformación y colonización de marismas es auspiciada desde la cúspide de los poderes políticos y militares del nuevo régimen. Desde el Gobierno Civil de Sevilla se había requerido a la sociedad ISMAGSA, empresa propietaria de todas Las Marismas de la margen derecha del Guadalquivir y de la Marisma Gallega, la obligatoriedad de cultivar arroz en estas tierras como elemento indispensable para la alimentación del ejército sublevado. La empresa, arruinada y desorientada, era incapaz de poner en marcha actividad alguna. A pesar de ello, desde Tortosa, donde radicaban los últimos directores de la misma,  consiguen contactar con don Rafael Beca –un directivo logró traspasar el frente-  para arrendarles su propiedad en aprovechamiento arrocero y ganadero.

Un grupo de portugueses preparando a pala y palín un canal de riego que por las dimensiones debía ser secundario.

Aquí empieza el último y definitivo capítulo del cultivo del arroz en La Isla Mayor del Guadalquivir –tantas veces abandonado-, y con ello, los grandes dolores de cabeza para don Rafael Beca. Habían fracasado en el intento cuatro grandes compañías que, a pesar de ser meramente especulativas, al inicio de sus proyectos siempre contaron con un considerable capital, invertido paulatina y continuamente en la construcción de caminos, carreteras, vías, muros de contención, canales de riego y desagüe; viviendas, molino arrocero, almacenes y limpieza y nivelación de miles de hectáreas. 

Pero, esas gigantescas inversiones no pudieron vencer las dificultades sociales y económicas agravadas con la entrada de la República y la crisis del 29: promesas incumplidas de Reforma Agraria, implacables ataques del Anarquismo, boicot de la empresa a toda reforma laboral… Todo ello añadido al ya de por sí difícil manejo de estos suelos salinos. Sin embargo las inversiones hechas en infraestructuras fueron decisivas para la realización del nuevo proyecto de R. Beca. 

Las inversiones en maquinaria, desde el inicio, siempre fueron grandes en las tierras de cultivo de las distintas compañías, al contrario de lo ocurrido al  inicio de la colonización cuando la maquinaria es sustituida por mano de obra, de los propios colonos apoyados por población flotante, temporera, de todos los pueblos del entorno provincial. Estos Cartepillar serían de los ´40 ya que se parecen bastante a los bulldozer empleados en la Segunda Guerra Mundial.

Difícilmente hubiera podido cumplirse la transformación llevada a cabo por esta última empresa que apenas contó con ayuda estatal de no haber contado ya con todas las instalaciones e infraestructuras abandonadas en cada fracaso. Sin embargo, el espaldarazo político y propagandístico fue pleno, la construcción de algunas viviendas para colonos y gañanías para obreros,–con mano de obra esclava (presos políticos) y sueldos de miseria- a través del INV (Instituto Nacional de la Vivienda) y de infraestructura urbana y rural por parte del INC (Instituto Nacional de Colonización). A pesar de esa ayuda inicial, las enormes dificultades para sacar a flote aquel barco escorado que hacía agua por todas partes, fueron solventadas por R. Beca, que creía en su proyecto y por ello fue comprando, paulatinamente, acciones de la compañía Ismagsa, cuya cotización  estaba absolutamente hundida.


La segunda visita de Franco en apoyo a la empresa de colonización con capital privado.

Nadie esperaba, en aquel momento, que el proyecto de don Rafael llegaría a buen puerto, dada la reiterada persistencia de los acentuados fracasos extranjeros, incluso a pesar del decidido apoyo del poder político de la época. Franco visitó la zona por dos veces, para demostrar su deseo de que aquella empresa era vital –para “el país y el campo andaluz”-, en aquellos momentos de desastre social y de hambruna generalizada. Su primera aparición fue en 1939 –recién terminada la guerra-, promoviendo un impulso al cultivo del arroz y su apoyo a la colonización. La segunda en el 53, para dar su espaldarazo final a este proyecto de iniciativa y capital privado, además de inaugurar la bomba de elevación de aguas sobre el Guadalquivir en el sitio denominado La Mínima –la más moderna del país-. Anteriormente, 1942, don Rafael Beca había construido en pleno centro del poblado que estaría llamado a ser el municipio de este término –Villafranco del Guadalquivir, en honor al general; hoy, Isla Mayor- una fábrica de papel que, años más tarde, yo me encargaría de demoler, dejando tan solo la nave principal del edificio como memoria futura de aquella empresa precursora de nuestra actual Isla Mayor. Siempre sostuve que era la única "Catedral" de la que podíamos presumir, de nuestras grandes obras del pasado.


Aquí podemos ver dos interesante fotografías del desarrollo del Puntal.  La primera corresponde a los inicios y la segunda corresponde a los años ´60 (por el R-8 que veo en la foto) y al fondo se ve la papelera que construida por R. Beca y Cía. en el 42 es el otro aglutinador, junto al molino, del desarrollo del pueblo, alrededor de las dos únicas empresas industriales del mismo. A la izquierda de la foto, de la calle R. Beca, están las casas de los colonos, que se construyen ellos mismos, entre el 47 y el 50, de las que sólo se ven los jardines.

  Pero hacía falta algo más que apoyos morales y convencionales. La empresa era titánica y compleja, porque las Marisma del Guadalquivir siempre fueron duras para los fuertes e implacables con los débiles. Después de la primera visita de Franco, B. Beca se plantea comprar la empresa matriz y obtiene permiso del “Caudillo” para poder adquirir acciones de Ismagsa, aunque para ello necesitaría sacar divisas del país -una buena parte del capital seguía siendo extranjero-, sin embargo logra negociar la compra de casi el 50% de las acciones de la antigua compañía con lo que se hizo con el control absoluto de Isla Mayor y de la Marisma Gallega (Aznalcázar), mediante una operación financiera de fusión-absorción de Ismagsa en “R. Beca y Cía. Industria Agrícolas, S.A.”. Así queda definitivamente controlada la sociedad fusionada, aunque el sur de Isla Mayor (Veta de la Palma, propiedad actual de Herba, convertida en  piscifactoría) quedaría fuera de su influencia y en propiedad de la familia Bemberg, que utilizaría su propiedad para fines cinegéticos, así como parte de Isla Mínima (Cortijo de Escobar, empresario malagueño unido a una descendiente de la familia Bemberg)

Isla Mínima, compartida con Escobar, era vital para el proyecto de don Rafael Beca, puesto que desde allí partiría el riego del arrozal a través de bombas elevadoras de aguas encauzadas por el canal principal que cruza el trazado del antiguo brazo de los Jerónimos. Una nueva zona arrocera con más de 6.000 hectáreas. Entonces Don Rafael Beca inicia, nuevamente, la parcelación y colonización a agricultores emigrantes de zonas tradicionalmente arroceras
.


Mi padre, mi madre y mi hermana cuando llegamos a la Isla. Detrás la casa donde vivimos cuatro años, que tenía adosada la cuadra y el pequeño almacén. Seguramente, cuando se hizo esta foto, yo estaría en el colegio de Alcalá donde pasé cinco años interno, pero en verano a trabajar.

Primero vinieron braceros y dominadores del cultivo sin propiedades en su tierra originaria, para arrendar zonas reducidas a un precio muy asequible, como señuelo para forzar una inmigración encadenada que fue sorprendentemente en aumento a lo largo de todos los años cuarenta. Estos arrendatarios y nuevos colonos fueron adquiriendo pequeñas parcelas en unas condiciones de autofinanciación y rentabilidad muy provechosas, siempre que el año resultara climatológicamente propicio y no “subiera la sal”. Una y otra vez don Rafael Beca se vio obligado a conceder moratorias de pago a todos aquellos agricultores que no podían pagar y además facilitaba semillas y abonos a los colonos que lo solicitaban. 

Yo soy el pequeñajo con la espuerta de abono colgada y si la
 llevaba puesta no era para la foto.

Llenando y pesando sacos de 75 kilos para entrega en el SENPA

El esfuerzo para esta sobrehumana transformación ha sido brutal. La mayor parte de los colonos, entre los que afortunadamente me encuentro, cuando fuimos allí a vivir, nos quedábamos en el campo, -a mí me llevaron con diez años-, al lado del tajo, para empezar los trabajos con la salida del sol y abandonarlos cuando, éste, nos desamparaba. Los canales de riego se hacían a pala y palín, cargando la tierra en burros para poder subirla hasta la parte alta de los muros laterales, llegando a trabajar simultáneamente cientos y cientos de burros. Los trabajos de nivelación eran a base de cargar terrones secos en “carros planos”, durante el invierno, cuando el terreno estaba seco, para trasladar esa tierra hasta las partes bajas o a los “sacatierras” realizados para la construcción de carreteras y muros. Cuando la tierra estaba mojada entrábamos descalzos en el agua helada y cargábamos los trineos a pala para, deslizándose sobre el barro, acarrear la tierra a los bajos. Todo el trabajo del arrozal, en aquella época fue infrahumano, pero se hacía posible porque los colonos estaban hombro con hombro con los peones. No teníamos maquinaría; arar, fanguear y sacar las garbas de arroz del campo eran trabajos realizados con los caballos. Siembra, escarda, abonado, planta, siega y manejo de las garbas y del arroz una vez trillado, eran trabajos realizados a mano, donde, como se ve en la foto, colaboraba toda la familia.Ya lo describiremos con detalle si llegamos a contar nuestra historia en la Isla.



Aquel, nevado, día 2 de Febrero de 1954 llegaron mis padres al Puntal y yo les seguiría un par de meses después. Esta es la viajera de Carvajal que realizaba un trayecto diario hasta Coria, donde podíamos coger el tranvía. para llegar a Sevilla.

Mis padres llegaron a la marisma el día de la nevada aquí en 1.954, entonces ya existían 6.500 hectáreas de arrozal en la margen derecha del Guadalquivir y aunque no pude conocer a este excepcional personaje, don Rafael Beca, siempre escuché a mis mayores hablar bien de él. Yo pertenecí a la segunda o tercera hornada de emigrantes que vinieron de los términos de la Ribera Baja del Júcar, sumando un total  de 500 familias aproximadamente, de las cuales casi la mitad serían de Sueca, mi pueblo natal.

A don Rafael se le reconoció su trabajo con La Gran Cruz del Orden al Mérito Agrícola y en la Marisma con varios homenajes: un busto en el Parque que lleva su nombre, junto a la avenida principal que también es homónima.  Pero sobre todo, un buen recuerdo perdura, en la mente de muchos hombres y mujeres mayores que lo conocieron, queda el cariño a la persona que les ayudó y logró la conquista de “un trozo de pan” para  sus descendientes en los que poco a poco irá diluyéndose en  su memoria. Es Ley de vida.



miércoles, 4 de julio de 2012

BIOGRAFÍA DE CARLOS CASADO DEL ALISAL




BIOGRAFÍA DE CARLOS CASADO DEL ALISAL

Cuando Carlos Casado compra las tierras del Paraguay a finales del siglo XIX se convierte en el primer terrateniente "privado" del mundo, sólo le superaban en extensión las propiedades del Zar Nicolás II de Rusia que era dueño “por decreto o por derecho divino” de toda Siberia.


Cuando busqué en Google la biografía de Carlos Casado del Alisal y la encontré en la primera entrada, me dio alegría comprobar que había mucha gente que, como yo, estaba interesada en la vida de esta persona excepcional. Sin embargo, al leerla me dio la impresión de que estaba manipulada con medias verdades, situadas de forma que desvirtúan la realidad y que vamos a aclarar. Tomando como base estas  afirmaciones gratuitas, las iremos comparando con nuestra visión particular, reforzada por los contactos directos con descendientes de Carlos Casado del Alisal (en adelante C.C.) y con los conocimientos adquiridos durante casi dos años de estancia en Puerto Casado, conviviendo con partidarios y detractores del patriarca y de su descendencia; con los indígenas que por allí pululan y con la iglesia que también arrima el ascua a su sardina, sin importarle nada  que las demás se queden crudas o que se quemen.
En esa biografía hay un párrafo donde acusan a la Compañía CC de esclavistas, basándose en las declaraciones de un chamacoco "amargado" y con ese testimonio tratar de "ningunear" a la empresa en la historia paraguaya y minimizar su papel fundamental en la Guerra del Chaco. Esto fue lo que me motivó a iniciar esta biografía donde dejase claro esos puntos y creo que lo he conseguido. Queda claro que C.C. fue un hombre honrado, cabal, visionario, trabajador incansable, amigo de sus amigos y sus colonos, filántropo y nada más lejos de ser un esclavista. Y también dejo claro que sin ese personaje tan extraordinario la historia de Paraguay hubiese sido otra, pues la gestión, incalculable,  de José Casado en la Guerra fue posible gracias a las estructuras que tenía la cía. desde primeros de siglo.
Sin embargo, en la segunda entrada vemos un trabajo de Carmen Arroyo, sobre el mismo tema,  perfectamente documentado y donde se nota la voluntad de la autora por transmitir  el auténtico  y genuino C.C.  a través de sus obras y buenas acciones.
La parte que nos incomoda de su biografía la exponemos resumida a continuación: “Carlos Casado del Alisal (n. Villada, España, 16 de marzo de 1833 - † Buenos Aires, Argentina, 29 de junio de 1899) fue un empresario, latifundista, banquero y filántropo español que se radicó en Argentina, donde fundó el Banco de Santa Fe, el Ferrocarril Oeste Santafesino y la ciudad de Casilda, entre otros. Fue el más rico del país durante el siglo XIX y principios del XX, dueño del mayor latifundio de la historia de la Argentina, el cual se calculó como la extensión de las islas del Reino Unido y los Países Bajos. Viajó a la Argentina en 1857, con 24 años. En 1865 creó el Banco Casado, posteriormente adquirido por el Banco de Londres y fundó la ciudad de Casilda, que lleva ese nombre en homenaje a la madre del colonizador.
En noviembre de 1883 fundó el Ferrocarril Oeste Santafesino, para facilitar el acceso de los cereales al puerto de Rosario, desde donde con anterioridad -el 12 de abril de 1878-, había realizado la primera exportación de cereales que hacía la República: seis veleros de ultramar que condujeron 4500 toneladas de trigo procedentes de Colonia Candelaria. En 1874 se convirtió en fundador y primer presidente del Banco Provincial de Santa Fe, cargo al que renuncia a los pocos días. Años después, en 1878, lo reasumió como director general, por disposición del gobierno de la provincia de Santa Fe.
Al concluir la Guerra de la Triple Alianza con su razón social fue testaferro para la apropiación de enormes latifundios en el Chaco Boreal (actual Paraguay Occidental) que entonces fueron llamados Campos de Don Carlos Casado. En el remoto campamento de San Carlos, dentro de estos grandes latifundios madereros de explotación de tanino fueron reducidos a la esclavitud los indígenas tamárahos, que apenas sobrevivían, muriendo de enfermedad, abandono y hambre. -«Ahora nuestro territorio es el de la empresa, vivimos allí, pero no es nuestra tierra, ya no pertenece a nosotros y se ha convertido en un lugar enemigo que nos está matando. Antes éramos valientes y fuertes, pero la convivencia con los paraguayos nos ha domesticado»- testificó un hombre tamáraho que apenas sobrevivía, enfermo y desnutrido, trabajando en los Campos de Carlos Casado.”
Dejo constancia que a continuación mis opiniones aquí vertidas son personales y subjetivas, pero “auténticas”, sin manipulaciones ni presiones exteriores de tipo económico, político o social,  ni condicionamientos interiores de orden moral o partidario. Es la visión de un agricultor-empresario al que, de entre todos los grandes hombres y mujeres que ha  admirado en su vida, destaca a dos personajes estelares:  Julio César, -el César que fascinó a Colleen McCullough y que ella ha logrado transmitirme, aunque lógicamente no es tema de este trabajo-  y al increíble Carlos Casado del Alisal, que poco a poco me fue descubriendo Angel Cavanagh Casado del Alisal, y cuyas cualidades humanas, empresariales y positivistas; unidas a su enorme capacidad de lucha, fueron dejando su impronta en mi mente durante las múltiples charlas que tuve la suerte de compartir en los días que convivía con él y con su familia, en Buenos Aires, Asunción o Puerto Casado. Y comparto totalmente la opinión que vierte el profesor De Marco, en su libro sobre el personaje: “Tenía las cualidades que deben adornar a un auténtico empresario, equilibrio, coraje, clara visión del presente y del porvenir, fe en el país y empuje para concretar y consolidar sus obras”.
Sin embargo, en este artículo de wikipedia se nota la animadversión del cronista sobre C.C., que no me extrañaría se extendiera a cualquier emprendedor cuyas necesidades y conceptos morales fueran por derroteros distintos a los suyos. Y aquí entro ya en la primera y principal contradicción de la biografía de wikipedia. En su inicio, se indica que C.C. era un filántropo, -así se reconoce en todas sus biografías que he leído-  y que lo era se demuestra por sus innumerables donaciones, en Argentina, Paraguay y España.  Estas acciones benefactoras se le reconoce en múltiples lugares con estatuas, bustos y placas conmemorativas y así se le recuerda, todavía, por miles de descendientes de todas aquellas personas a las que ayudó. Pero, en cambio, en el artículo que comentamos, se destacan las declaraciones de un chamacoco -tamáraho-, cuya opinión, con ser tan respetable como la de un Catedrático de Humanidades, no deja de ser “una” opinión, aunque en el lugar y forma donde la sitúa,-detrás de la afirmación de esclavitud en sus tierras- difumina todo lo bueno que ha hecho este hombre y se pretende que quede como un esclavista.


Se ha utilizado la declaración, de un indígena cuya etnia no fue nada significativa,-ni siquiera aparece en el Mapa de parcialidades actuales, pero era de la familia lingüística Mataco-, para la ayuda al desarrollo de los proyectos de Casado en Paraguay, pues los chamacocos eran ya una tribu cercana a su extinción, consecuencia directa de las luchas con otras tribus vecinas. Las tribus que se emplearon profusamente y que aún andan “perdidas” por aquellas tierras, son Maskoy de las parcialidades de Toba, Lengua, Angaité, Sanapaná y Guaná. En realidad, el lamento del indígena chamacoco, no va contra C.C., pues quien le arrebató sus tierras no fue él, sino el Gobierno Paraguayo que las vendió en pública subasta y sin la advertencia de que esas tierras no eran suyas, ¿o sí las consideraron suyas? Tengo dos hipótesis: vendieron las tierras que no eran suyas por necesidades económicas del momento o para “tomar posesión” de un territorio que estaba en litigio y que se temía, con razones justificadas, que les podría ocurrir lo mismo que a las grandes áreas del Norte, Sur y Este, “robadas” por Brasil y Argentina, después de la Guerra de la Triple Alianza. Las fronteras de Paraguay no estaban fijadas y admitidas por su vecinos bolivianos. Seguramente fue la suma de ambas razones, colonizar y consolidar el territorio abandonado del Chaco, lo que obligó al Gobierno Paraguayo a subastar aquellas tierras inhóspitas en las que a los indios se les consideró comparables a  pumas y yaguaretés, habitantes molestos en un entorno que había que colonizar y que no tendrían otro remedio que asimilarse a la colonización o desaparecer. Salió mal el “invento”, pues los indios más fáciles de convencer, los de lengua Maskoy, se adhirieron a la sociedad paraguaya, aunque jamás se han integrado. En Cambio las parcialidades Ayoreo y Chamacoco no lograron adaptarse a su nueva situación y se rebelaron contra los ocupantes y su integración.
Antes de continuar aclarando la mal intencionada y gratuita aseveración de la esclavitud en las Tierras de Carlos Casado es bueno también especificar que él no era testaferro de su razón social -como afirma el artículo-. Los testaferros fueron las personas cuyos nombres él utilizó para sortear las leyes paraguayas, que al parecer limitaban el número de has por persona con idea de aumentar la población, a la vez que la ocupación, del territorio chaqueño. Él no era el testaferro de su empresa, ésos eran otros que confiaban en él y seguro obtuvieron su premio, pues así actuaba. Carlos Casado era “el ferro y la testa” de su razón social y así de bien le salió al Paraguay, pues de no haber ocurrido esto, yo no tengo ninguna duda que el Chaco Paraguayo estaría actualmente cortado por la mitad -con suerte-, y la parte Oeste pertenecería a Bolivia. Toda la bravura de los entregados soldados paraguayos y la magnífica estrategia que utilizó el brillante General Estigarribia,  que iba aislando fortín a fortín boliviano hasta rendirlos por hambre y sed, no hubiese resultado posible de no contar, en el sitio preciso y el momento oportuno, con las reservas alimenticias necesarias producidas por los menonitas y la posibilidad de abastecer de pertrechos y soldados de refresco al ejército paraguayo, cosa que no podían hacer los bolivianos.


Esta imagen es clarificadora del rol de la empresa C.C. en la guerra del Chaco
  Durante los años 1932 a 1935, en defensa de la patria, recorrieron sus trenes 276,480 kms., transportando 243.621 oficiales, tropas y prisioneros, como así también 2.408 camiones. Para ello se dio movimiento a 25.794 vagones. La colaboración prestada en todo momento por Don José Casado Sastre (propietario de la empresa) dio lugar al más honroso reconocimiento del entonces Coronel Don José Félix Estigarribia, que en carta del 5 de julio de 1933 le obsequia el primer fusil boliviano tomado en Boquerón el día 9 de setiembre de 1932 (Tomado del Blog Historias del ferrocarril Paraguayo). 
De los recuerdos de Ángel, puedo añadir: José Casado fue realmente el que desarrollo la empresa Carlos Casado en Paraguay ya que al separarse de su esposa, la familia lo repudió y se fue a vivir a Puerto Casado donde convivió con su nueva compañera, una Sra. alemana que conoció en Paraguay y a la que construyó la mejor casa que se hizo nunca en ese pueblo y que mucho antes de llegar yo al Chaco ya se le había donado a las Monjas Salesianas, que allí tienen una Misión desde donde atienden un enorme territorio. Aquella “rancia” familia nunca lo perdonó por lo que al jubilarse compartía su tiempo entre Europa y Montevideo, donde instaló su residencia. Otro aspecto importante en la Guerra del Chaco viene condicionado por la relación familiar de José Casado con el Presidente de Argentina durante la Guerra. Eran cuñados. Por eso Puerto Casado, puerto vital y decisivo en esa guerra sólo fue bombardeado una sola vez. A pesar de la enorme superioridad aérea de Bolivia, no se atrevieron a repetir el bombardeo ante la amenaza del Presidente Argentino de declararle la guerra a Bolivia. 
 Claro que, para entender la vital importancia de estas tres ventajas estratégicas, de poder disponer en el momento necesario de  soldados, comida y bastimentos, no basta con ser un genio en antropología  o en cualquier otra especialidad que autorice a escribir un artículo académico. Para entender esto hay que vivir el Chaco, en verano y en invierno, de día y de noche, a pie y a caballo, pues los coches no valen para nada en el duro verano de 9 meses, cuando los caminos están destrozados por las rodadas de los camiones durante los días lluviosos, ni en invierno, cuando no llueve, si no tienes un buen equipo de maquinaria que arregle esos caminos que están destrozados y que constantemente deben repararse. Mientras Estigarribia podía contar con regularidad y seguridad su suministro de armas, munición, soldados y camiones y contar siempre con las 5000 yuntas de bueyes, -de la empresa C.C.-, y sus carros que circulaban durante todo el año, los bolivianos tenían que enviar sus soldados a pie desde las grandes ciudades de Bolivia a muchos cientos de km, pues los vehículos eran utilizados para transporte de material, pero sólo llegaban hasta el borde de la selva. A partir de ahí llegaban donde podían y cuando era posible, no importando la gravedad de la situación de sus tropas cercadas y al borde de morir de sed, ni la premura de los refuerzos de soldados y munición. Los soldados bolivianos llegaron al extremo se rendirse  y pedir a sus captores que orinasen en sus bocas, para poder beber, aunque fuese orina.
Toda esta estructura paraguaya defensiva primero y ofensiva después fue posible gracias a que C.C. había comprado 3000 leguas de tierras chaqueñas con la idea de trasladar allí la fórmula de colonización utilizada en Santa Fe, con la Colonia Candelaria  y que había  puesto en marcha la producción granelera argentina que ha sido la  principal riqueza del país desde aquella época. En Paraguay inmediatamente después de adquirir aquellas tierras, que los paraguayos despreciaban colonizar, pues le temían, entró en contacto con los menonitas en 1923 cuando ya estaban instalados en Canadá y logró convencerlos para que  enviaran otros al Chaco, lo que fue una realidad a primeros de siglo XX después de llevar a cabo negociaciones con los enhlet, tribu que ocupaba entonces esa parte central del Chaco y con el gobierno paraguayo del que obtienen un “estatus” especial, donde no sólo quedan exentos de realizar el servicio militar, lo que era vital para ellos puesto que son pacifistas, sino que también quedan exentos de los impuestos estatales a cambio de crear y mantener ellos mismos sus propios servicios. Fue una colonización especialmente dura y puedo dar fe de ello por la gran cantidad de tumbas fechadas entre finales de los 20 y primeros de los 30, - antes de la guerra-, que pude ver en una visita a sus cementerios.
Por la misma razón que a C.C., a los menonitas se les podría a acusar de esclavistas, puesto que sus ministros protestantes han intentado entrar en contacto con los Ayoreos para evangelizarlos e introducirlos en los “beneficios de la civilización”. Algunos Ayoreos ó Moros se han integrado, otros que se trajeron a sus pueblos más o menos forzados por las necesidades, se suicidaron por inanición voluntaria y otros, los menos, apenas tres a cuatro familias, han preferido quedarse libres en la selva y matar a toda la misión que se acerque a rescatarlos. Asi les ocurrió en los años 1970 a una Misión protestante que iba acompañada de un ayoreo, ya integrado con los menos y que iba como intérprete, y a pesar de ello mataron a todos los partícipes, quedando grabada la matanza en el vídeo, pues éste continuó grabando después del asesinato del cámara. Pues esta etnia irreductible, los Ayoreos Totobiegosode, es de la misma raíz que los considerados esclavos, -éstos comparten lenguaje con los chamacocos de San Carlos-,  de donde proviene el denunciante del artículo mencionado que además se queja de su alienación producida por los paraguayos. Es fácil de entender que aquel jefe indígena se considerara desplazado ya que habría perdido su familia, amigos, religión, costumbres y autoestima, pero para estar esclavizado hay que estar privado de la libertad y allí no obligaban a nadie a quedarse en el obraje, aunque yo admito que aquel machacado y posiblemente despreciado indígena, se encontrase privado de su capacidad para escapar de aquella situación y se considerase desgraciado.
Me niego en redondo a aceptar que una persona que dona para obras benéficas: su sueldo como Director General de Banco Hipotecario Santafecino, los solares para iglesias, hospitales y cualquier servicio público y, además, en muchos casos  construye a su costa iglesias, asilos de ancianos y muchas otras donaciones que desconozco y que son innecesarias para afianzar mi aseveración de que, este hombre que, además, fue  capaz de poner en peligro su patrimonio para garantizar los créditos necesarios para que sus colonos sobreviviesen a grandes crisis, es imposible considerarlo un esclavista. Carlos Casado del Alisal era un humanista convencido y activo.
Una vez establecida la, para mí, impecable moralidad del personaje, sin perder de vista que es un negociante nato,  podemos contar algunos relatos para complementar  la biografía de Carmen Arroyo y que considero fidedigna, sobre la que ampliaré con lo aprendido fortuitamente  en mis contactos con la familia y mis vivencias en Puerto Casado, Filadelfia, Loma Plata, Olimpo, San Carlos etc., etc. No voy a repetir, por innecesario, toda su vida y obras, sólo ampliar algunos puntos  especialmente la parte paraguaya, que está poco desarrollada, de toda la vida y milagros de C.C., suficientemente explícita en la biografía mencionada.

Este es el Monumento a la Victoria que cambió el nombre al pueblo de Puerto Casado, sin embargo 80 años después, todavía sus habitantes vivan allí o repartidos por el mundo se llaman a si mismo "Casadeños"

Carlos Casado del Alisal nacido y vecino de Villada, después de estudiar bachillerato hizo la carrera de piloto náutico y aprendió inglés, lo que le dio una ventaja significativa sobre el resto de emigrantes de la época. Poco tiempo después se embarcó en un mercante durante dos o tres años y sufrió dos naufragios. -Simultáneamente a este trabajo estoy leyendo un libro de Carla Federico titulado “En La Tierra Del Fuego” para ambientarme en los entresijos de la emigración europea de la segunda mitad del XIX a Sudamérica- y aunque en este caso la expedición va a Chile es absolutamente asimilable a las migraciones tanto hacia La Colonia Candelaria en Argentina como la de los menonitas al Chaco. También pensé al comprarlo y leer el título "En la Tierra del Fuego" que podría tener algo que ver con la migración de los tatarabuelos de María Campos, esposa de Ángel Cavanagh Casado del Alisal, a la Patagonia y que montaron un almacén de aprovisionamiento para  barcos frente al  Estrecho de Magallanes, donde era parada obligatoria antes o después de doblar el cabo de Hornos. La vida épica de aquella indomable mujer, tatarabuela de María, que perdió una pierna luchando contra los indios “malones” y que, a pesar de ello,  se negó a abandonar a su marido e irse a la capital, cuando ya era inmensamente rica, debe ser “tremendamente interesante”. Esta es otra apasionante historia sobre la que no estoy ni siquiera inicialmente documentado ni ahora viene al caso.
Con veinte y cuatro años, su madre lo obliga a cambiar de trabajo y recala en Montevideo para pasar muy pronto a Rosario.  Ahí empieza una carrera, imposible de comprender con nuestros parámetros, teniendo en cuenta los medios con los que contaba en aquella época. Sólo ir y volver a Europa significaba estar desconectado de sus negocios durante varios meses. ¿Como podía vivir sin teléfono móvil? Empezó a trabajar como dependiente en Martin Echevarría, empresa de la familia de su buen amigo José Chavarri, donde al poco tiempo le dan responsabilidades muy importantes. La situación política era tan complicada en Argentina que la Armada Española se vio obligada a enviar una goleta para apoyo de las familias españolas allí establecidas. La crisis económica es devastadora, pero él aprovecha esta mala coyuntura para comparar algunas tierras. Con treinta años impulsa la creación del Ferrocarril Central de Argentina, es el alma, el primer accionista y el tesorero de la empresa cuya grandiosa idea era unir el Atlántico y el Pacífico en Rosario, donde su mente ya tendría esbozada la gran transformación agrícola que impulsó en Santa Fe.
Todo se precipita, con 32 años se casa con Ramona Sastre, criolla de una importante familia argentina y crea el Banco de Carlos Casado, que emitía billetes al estilo de los Bancos Centrales actuales. Es decir, él los firmaba y su enunciado decía: Carlos Casado pagará al portador la cantidad de …..
Durante estos años se estaba desarrollando la cruenta guerra de la Triple Alianza: Argentina, Uruguay y Brasil, contra Paraguay. ¡Qué duda cabe que el gobierno argentino pondría toda la carne en el asador para que ese ferrocarril hacia el Norte se desarrollase rápidamente!, y así el primer tramo se inauguraba en 1870. Por esas fechas el Banco de Londres decide desembarcar en Argentina y para evitar una dura competencia propone a Carlos Casado la compra de su Banco. El trato fue genial. Sentado con el enviado de Londres para la operación, C.C. escribe una cifra en un papel que guarda en su puño cerrado y le dice al comprador: "si la cantidad que Vd. me ofrece está por encima de la que yo he puesto en el papel el banco es vuestro, si por el contrario es menos, no lo venderé, sin más negociación". Lo vendió y le salió muy bien pues con ese dinero empezó su gran apuesta inmobiliaria.
Compra tierras para iniciar su proyecto “La Colonia Candelaria”, donde funda Villa Casilda, -en honor y recuerdo de su madre y que se repite en otros sitios como en Paraguay, donde también lleva el mismo nombre el potrero que visitamos y el lugar que pensaban se podía iniciar el proyecto arrocero- y con su estilo de implicar a todos en sus proyectos involucra al estado argentino consiguiendo exención de impuestos. Además de los argentinos, trajeron colonos, con el billete pagado, de siete países europeos, y no sólo les dio tierras a pagar con las cosechas obtenidas  sino que además les facilitaba, a crédito, semillas, herramientas y ganado para llevar a cabo la explotación. Durante dos grandes crisis económicas próximas al inicio del proyecto, algunos colonos no podían pagar sus cuotas, ni siquiera llevar una vida digna. C.C. empeñó sus tierras, -que según sus afirmaciones eran mayores que las Isla Británicas y Los Países Bajos juntos-, para sacar crédito para sus colonos, en lugar de quedarse con ellas y revenderlas de nuevo, como haría cualquier esclavista que se precie.
Después de estas crisis la producción de la colonia y de los agricultores que, en lugares cercanos, copian sus formas y modelos, aumentan las reservas de cereal por encima de las necesidades del país y C.C. presiona nuevamente hasta conseguir la construcción de grandes almacenes donde guardar el grano hasta el momento de consumo o de exportación, que él hacía tiempo tenía en mente. Aprovecha el arribo de seis barcos mercantes con azúcar de caña para iniciar la exportación de grano a Europa. Cuando los barcos de trigo llegan a Londres los especuladores de grano ingleses deciden apretar en los precios a C.C. ya que de no vender el cereal se estropearía o tendría que descargar con costo adicional. La respuesta de C.C. es fulminante. Pregunta a los capitanes cuánto costaría tirar el grano al mar para mandarles el dinero y se cumpliese su orden. Él tenía que pagar un precio a sus colonos que no se cubría con los precios que le daban, la apuesta fue brutal, con la descarga del primer barco en las aguas del Atlántico los compradores ingleses comprendieron que no era un hombre fácilmente manipulable y pagaron el precio solicitado.
Los siguientes años sigue con su tremendo empuje convirtiendo  Argentina en el granero de Europa y fomentando la construcción del ferrocarril que facilitaba su transporte. Mientras, le llega una extraña petición. Isaac Peral, inventor del submarino, necesitaba dinero para realizar una serie de mejoras en su navío y la Marina española que no tenía mucha fe en su invento se lo negaba una y otra vez. Y le escribió una carta a C.C., que recibió una más extraña respuesta. Le envió 20.000 libras oro y le puso una sola condición: que cuando el submarino estuviese terminado ellos dos serían  sus primeros tripulantes. Según me contaron C.C. no pudo cumplir su petición e ignoro cuál fue la causa que impidió el deseo de nuestro prócer.
Mientras, había comprado 3.000 leguas en el Chaco paraguayo en una subasta en Londres. No tenía ni idea de para qué podía servir aquella enorme extensión de tierras, de selva hostil que nadie quería, ocupada por indígenas de los que desconocía su capacidad de integración en un proyecto de colonización. El siempre que iba a Europa vivía en París, allí fue a la facultad de ingenieros Agrónomos y contrato 20 recién recibidos embarcándolos a Paraguay con la consigna que deberían generar un proyecto en esas tierras así fue que con el quebracho descubrieron que ese árbol tenia la mayor concentración de tanino del mundo, de allí nace la primer fabrica de Sud América ya que había en Europa pero se hacía Tanino con el Castaño. (Recuerdos de la abuela de Ángel, a su vez nieta de C.C.). Una vez que llegó  el grupo de ingenieros  a Asunción los volvió a embarcar en otra pequeña lancha estilo “la Reina de África” y los desembarcó en lo que hoy es Puerto Casado. La orden fue muy clara y concreta: cuando sepáis qué se puede hacer con estas tierras avisadme y enviaré el barco a por vosotros. Con esa perspectiva los ingenieros cumplieron pronto con su misión de investigación. El quebracho era la clave. Por una parte servía como traviesas para la enorme iniciativa de los ferrocarriles argentinos y por otra la obtención de tanino de la savia del mismo árbol. Tampoco el carbón que sacaban con la limpieza del monte también era un rubro  interesante para alimentar las calderas de los trenes.

Fábrica de tanino de Puerto Casado en 1995. Ya estaba en sus estertores finales.

Antes de finalizar el siglo, Puerto Casado estaba produciendo 2.000 tm. de tanino mensuales y pronto su producción llegó a tener tal importancia que su empresa dominaba el precio del tanino a nivel mundial. La cía. CC durante los años 20 al 45 representaba el 6% del producto bruto del Paraguay. Las guerras mundiales del 14 y del 39 necesitaron tal cantidad de tanino, para botas y correajes de los soldados como para los aparejos de las caballerías militares, que la demanda de tanino era algo impresionante. Perecía que la visión de futuro de este hombre no estaba limitada a corto y medio plazo. Su visión de futuro era muy superior a cualquier competidor de su presente y de su próximo futuro.
El resto de su impresionante biografía os aconsejo leerla en el trabajo de Carmen Arroyo.

miércoles, 20 de junio de 2012

LA AVENTURA DEL CHACO 4. La Selva a caballo y en coche


La Selva a caballo y en coche.

La Kia de Meseguer. Ya no tenía pomo de puerta.

Esta camioneta la compramos para apoyo del proyecto arrocero. Desde el principio fue usada exclusivamente por Antonio Meseguer y antes de cumplir el año ya le habían desaparecido los paños interiores de las puertas. Cada vez que subía un indígena en la camioneta algo quedaba en sus manos al abrir o cerrar las puertas. Como, a cada momento,  rompían las manillas de abrir tanto las exteriores como las interiores, Antonio decidió quitar los paño-puerta y abrir desde el interior con la varilla que enlaza el tirador interno con el mecanismo de apertura, pues la manilla interna tampoco aguantaba ni un mes. La Kia estaba terminada con baquelita y plastilina. Lo mismo te quedabas sin cambio en un atasco, por perder un tornillito de 7 x 50 mm, que enlazaba la palanca de cambio con la caja, como perdíamos la plataforma de carga en cuanto subíamos 10 o 12 troncos de palmera para hacer nuevos puentes sobre los canales de riego y desagüe del proyecto. Pero la anécdota simpática fue cuando viajando por el camino de Puerto Casado al Cruce de  Pioneros me encontré con un grupo de indígenas Maskoy que iban empujando una vagoneta con víveres, donados por la gobernación, y que vivían en el km 20. Irían unos 8 ó 9 hombres, empujando la vagoneta, otras tantas mujeres, 4 ó 5 chiquillos y unos cuantos perros y chanchos. Yo tenía la costumbre de parar y recoger a cuantos me encontraba en el camino y de socorrer a todo el que estuviese parado por cualquier causa. Y en todo el tiempo que estuve en el Chaco sólo hice una sola excepción. Los niños,  los perros, los cochinos y las mujeres caminaban por el camino que discurre paralelo y junto a la vía. Los Maskoy empujando la vagoneta donde llevaban todos los víveres que les habían pasado como ayuda. Casi seguro que había unas elecciones cerca para algún cargo del Departamento, pues entonces es cuando se ablandaban los políticos y se acordaban del hambre de los indígenas. Lo cierto es que cuando paré y por señas, les indiqué que se subieran a la camioneta, en menos de diez segundos se colocaron todos los varones arriba y dejaban a mujeres y niños para que empujaran la vagoneta. Como no me habían dado tiempo a impedir su deserción y rápida escalada, pues en unos segundos habían pasado de la vía a sentarse encima del coche, en el momento que estaban todos arriba les indiqué, nuevamente por señas, que se tenían que bajar. A regañadientes se bajaron  e inmediatamente los aparté al lado de la vía y colocándome entre ellos y el resto de la tropa hice que se subieran mujeres y niños. Y también subieron los cochinos y los perros, 27 conté en total, menos mal que ese día la Kia se portó bien y no me dejó la carga repartida por todo el camino. Los Maskoy tienen muy clara la Ley del mínimo esfuerzo y la aplican con facilidad y sin empacho ni complejos.
Otro día que también subí a otros cuatro indígenas que venían de vuelta por ese camino; llegado un momento la camioneta se quedó empantanada, patinando en los carriles ya que, aunque era 4x4, sus ruedas eran muy lisas y se quedaba “tirada” con mucha facilidad. Los indígenas se bajaron y empujaron hasta que salimos del pequeño bache pero ¡oh sorpresa! La segunda vez que se atascó, por el mismo motivo, se bajaron y sin decir nada, ni siquiera adiós, saltaron al suelo y continuaron camino sin volver la vista atrás. A pesar de ello yo continué subiendo a todos los que podía, aunque fuese en un vehículo cerrado y posiblemente era de los poquísimos coches que los recogía, ni ellos tampoco pedían a nadie que les subiera.
Sin embargo un día sí evité ayudar a alguien, que yo recuerde la única vez en mi vida. Di un rodeo de más de dos kilómetros, fuera del camino y por las rutas alternativas que a veces abrían en la selva cuando el camino era totalmente intransitable. Salí fuera del camino con riesgo, incluso, de quedar atascado, para evitar ayudar a un coche que estaba atascado. Era el de su Ilustrísima: el Sr. Obispo del Alto Paraguay. Hacía cosa de un mes, Antonio Meseguer y los hermanos Sorrentino habían acudido a oír la Misa dominical, que fue oficiada por el Obispo, y en la homilía había dicho con toda la desfachatez del mundo que todos los extranjeros eran unos ladrones y unos sinvergüenzas.  Por lo menos eso me contaron y yo les creí.Todavía hoy doy gracias a los Dioses por no estar presente y por lo tanto no haber escuchado  directamente ese insulto injusto, fuera de lugar y absolutamente deleznable, tanto como el Obispo que lo soltó. Seguro se creía Jesucristo en el templo azotando a los judíos. No tuve la mala suerte de tropezarme nunca con él, porque aunque tengo mala memoria hay cosas que se me graban a fuego y esta  ”espontánea  burrada” del obispo es una de ellas. Me acompañará mientras viva a no ser que me  la arrebate ese alemán que esconde los nombres y las cosas.


El camino antes de las lluvias con el zorro tranquilamente corriendo delante nuestra.

A primeros de Marzo del 94 fuimos un grupo de 5 españoles para ver si nos parecía bien el lugar elegido para realizar un proyecto de arroz ecológico, allí en Puerto Casado. Fui un viaje muy interesante, pues tuvimos ocasión de compartir un par de días  y una estupenda paella,  que hizo Paco Ordoñez, con nuestra Embajadora Dª Asunción Ansorena y con el Gobernador del Alto Paraguay, Tarsicio Sostoa. Los detalles los ampliaremos en el capítulo de “personajes”. Vimos el lugar elegido para realizar el proyecto arrocero y aprovechamos el resto del viaje para hacer turismo por Paraguay visitando la zona arrocera de S. Juan Bautista donde conocimos a Juan Francisco Caballero Chaves, amigo entrañable desde entonces. 
Terminada la visita a Puerto Casado, a las 4.30 de la mañana del siguiente día, estábamos todos preparados para la marcha pues queríamos visitar las Colonias Menonitas y tomamos tiempo sobrado, para llegar temprano a Filadelfia, por si ocurría algún imprevisto. ¡Que es lo más normal cuando circulas por el Chaco!  Iba conduciendo Angel Cavanagh, el jefe, y a unos 80 km del pueblo tuvimos el primer pinchazo, sin más consecuencias pues llevábamos rueda de repuesto. Le achacamos el pinchazo a alguna puntilla clavada en la rueda antes de salir y que poco a poco había vaciado la cubierta. Pero 30 km más adelante, cerca ya de Santa Elisa, que en lo relativo a poder arreglar una rueda es como “el que tiene un tío en Graná, que ni tiene tío ni tiene na”, pinchamos nuevamente y esta vez no era el jefe sino yo quien  llevaba el coche. Tirados en el camino, en medio de la selva, teníamos que buscar soluciones por nuestros medios ya que no podíamos `pedir ayuda puesto que el radio-transmisor del coche no estaba montado todavía. Angel, Antonio y Sorrentino se volvieron, caminando, para llegar a una choza cercana donde habíamos visto maquinaria de Obras Públicas, ya que estaban arreglando el camino, para coger un tractor y llevar una batería hasta Campo Verde, distante más de 20 km y pedir ayuda por radio  a Puerto Casado con el fin de que nos enviasen a Chacho con la camioneta provista de cámaras y parches para arreglar las dos ruedas pinchadas. Mientras, Paco y yo, nos habíamos quedado de guardia en el coche y yo tuve que atender una urgencia fisiológica inaplazable. El problema de la selva es que cualquier tema trivial  puede convertirse en algo serio. Os cuento una anécdota de 2011 porque tiene relación con el tema que nos ocupa.
Por indicación de  mi amigo y médico de cabecera, D. Francisco, había tenido que extirparme un “absceso” en la espalda mediante una incisión quirúrgica, seguido de una laboriosa limpieza. El pequeño corte me lo habían realizado en Isla Mayor y la primera y segunda cura, posteriores, repetidas cada 24 horas, me las había hecho mi hija Susana en Coria del Río. La cura era una sencilla operación de limpieza, cambio de drenaje y nuevo apósito de plata hidroactiva, gasa esterilizada y cubierto todo ello con un gran esparadrapo. Las dos siguientes curas fueron en Montevideo, Uruguay, donde acudí al Centro de Previsión Social donde no me atendieron, ni pagando, a pesar que nosotros en España atendemos gratuitamente a todos los Uruguayos, sudamericanos y marcianos si lo solicitan. ¡Pero qué buenos somos! Por suerte para mí me indicaron un Centro privado donde me atendieron magníficamente. La cura siguiente, la quinta, fue en Buenos Aires, Argentina,  en casa de María y Angel Cavanagh, donde su peluquera, que además de simpática, lindísima y muy bien proporcionada, era titulada en enfermería y me hizo el favor de cambiarme el apósito, con la amabilidad propia de la gente segura de sí misma. La sexta y séptima cura fueron en Asunción, Paraguay. Como me estaba hospedando en el Hotel Guaraní, donde mí querido amigo Juan Sperati, cuya amistad había germinado cuando estaba de director en el Crowne Plaza, estaba de Gerente desde hacía pocos meses y decidí a subir al gimnasio para que me hiciesen la cura. Allí no tenían una persona titulada para estos menesteres pero el encargado del gimnasio, era además, masajista titulado y a él le pedí que me cambiase el drenaje. Me contestó que nunca había realizado una cura de ese tipo y yo le aseguré que no se preocupase lo más mínimo ya que le iría indicando cómo tenía que hacer la cura. Yo tenía ya una dilatada experiencia internacional en esta  cura concreta. Como yo llevaba, en un neceser “ad hoc” todo lo necesario le pasé la jeringuilla, para limpiar, y las gasas para hacer el drenaje y tapar la herida una vez limpia y desinfectada. El problema llegó cuando le pasé el paquete de gasas nuevo pero que estaba abierto y le faltaba una. Se resistió tanto a utilizar la gasa del paquete abierto, por razones de asepsia quirúrgica, que le di otro paquete hermético y sólo entonces le conté lo que era pasar miedo por la antisepsia total, médica y quirúrgica, que había provocado la necesidad aquel día de 1994 que estaba relatando y que  tuve que salir corriendo en medio de la selva con mucha urgencia, pero sin papel, ni tampoco “las tres conchas”, de la película Demolitión Man, de Sylvester Stalone, que era la alternativa al papel higiénico que necesitaba el protagonista después de varios años congelado mediante criogenización y aparece en un mundo moderno que él desconocía donde ya ese papel no se usaba.
 Lo peor no era agacharse y acercar tus partes nobles y pudendas a un suelo desconocido y cubierto de hierba donde te podías encontrar cualquier bicho mimetizado por allí cerca, lo más grave y perentorio era “rematar la faena” con dignidad,  sin papel higiénico y sin “las tres conchas”, -que nunca supe lo que era ni cómo se podían utilizar-, ni nada parecido y útil para el caso. Lo único que tenía a mano era un charco, con los bichitos nadando por su interior y otros muchos navegando por la superficie, el “súmmum” de la antisepsia. El color del agua era marrón y nada transparente. Tuve que apartar cuanto bicho y forraje nadaba por la superficie y cerrando los ojos y encomendándome a los dioses, lavarme. Con esta completa exposición le daba una clara explicación del porqué no me asustaba una posible infección causada por una gasa, de mi maleta bien cerrada, y dentro de un plástico también cerrado, aunque no hermético, por lo que su utilización no me causaba  ningún trauma ni me planteaba problemas de asepsia. 


Tercer pinchazo y destrozo de cubierta. 

Después de varias horas de espera,sSobre las doce de la mañana pasaron unos menonitas que venían preparados para la selva y traían todos los elementos para arreglar los pinchazos. Arreglamos una rueda y retrocedimos para  recoger a los demás. Pero habíamos retrocedido muy poco cuando me di cuenta que llevaba otra rueda pinchada. Esta vez la cosa era más grave pues la rueda había circulado más de un km y ya tenía la cubierta hecha polvo, es decir, aún con la ayuda que nos llegaría desde Puerto Casado no teníamos cubierta para sustituirla. Con una rueda pinchada y otra totalmente destrozada, nuevamente estábamos estancados en medio de la selva. Por suerte, al poco rato,  llegaron los mismos menonitas que no habían ayudado antes y arreglamos la segunda rueda, que anteriormente habíamos desahuciado ya que la cámara estaba despegada por el empalme y no era un pinchazo si no una “operación” complicada y de baja fiabilidad. Pero los menos se atrevieron y con la habilidad, forjada por la necesidad, nuevamente arreglaron la cámara. Mientras habían llegado los tres compañeros con el tractor y como ya habíamos pasado del punto donde lo tomaron Antonio continuó  para devolverlo y nosotros salimos detrás para recogerlo a él. Angel había ido sentado sobre el guardabarros del tractor y llevaba un pantalón de lino de color clarito. Parecía que había tenido un accidente en vista de la cantidad de sangre que manchaba su pantalón por debajo de su cinturón. Como el pantalón de lino es fino los mosquitos atravesaban con facilidad la trama de hilo y cada vez que el tractor, cada 20 segundos, tomaba un bache por su lado la inercia lo empujaba sobre la protección del asiento y  aplastaba cuanto mosquito allí estaba succionándole la sangre. Pero aquellos mosquitos de los palmares del Chaco no son los normales que conocemos por las marismas españolas. Son de un tamaño tres veces mayor. Le habían hecho una renovación de sangre de forma gratuita y obligatoria. Posteriormente los sufrí personalmente decenas de veces. Cada vez que cabalgaba por los palmares pero, para entonces,  ya estaba prevenido y nunca me abandonaba el aután, -nombre de un repelente vendido en España y muy eficaz-, en cambio en el cuello de los caballos eran incontrolables y a los animales sufrían unas picaduras atroces.


Cuarto  pinchazo con destrozo de cubierta.

Ni cuatro km habíamos recorrido en busca de la Toyota que venía del pueblo y que nos traía los parches, cuando un fuerte olor a chamusquina nos indicaba que habíamos quemado otra cubierta sin darnos cuenta. El ruido normal de las ruedas sobre la  tierra, disfrazaba el ruido característico de una cubierta rodando vacía. La consternación era total, especialmente para mí que había pinchado una y había destrozado dos. No podíamos llegar a Campo Verde donde nos estaban esperando, pues los menos que esta vez iban delante, les habían dicho que el coche lo teníamos operativo y que estábamos en camino. Mientras estábamos viendo cómo se acercaba una gran tormenta que pronto iba a convertir el seco camino en un lodazal difícil de transitar. Estábamos más o menos en mitad del camino entre el pueblo y la carretera de alquitrán, muy cerca del lugar donde se nos partió el taco motor, cuando iba con Mari, Angel Boix y Amparo  y que también nos quedamos atrapados tras dos reventones y la rotura del soporte del motor. Nuevamente nos encontrábamos con dos ruedas totalmente destrozadas. 

Por fin habíamos llegado a territorio semi-civilizado. A mi izquierda Francisco Ordoñez.  A mi derecha Pepe Sorrentino, Ángel Cavanagh y Antonio Meseguer.

Menos mal, que Chacho al ver que no llegábamos y que la tormenta se acercaba, se adelantó hasta nosotros. Tuvimos la suerte que la rueda de repuesto de la Toyota valía para nuestro Mitsubishi lo que nos permitió colocar su rueda y con ella llegamos los dos coches, sin más problemas hasta Pozo Blanco, lugar donde había una “gomería” aunque, por supuesto, no tenía ni cámaras ni cubiertas para nuestro todo terreno. Eran ya las 5.15 y teníamos que ir a por las cubiertas hasta la cooperativa menonita que estaba a 30 km de distancia. La cooperativa cerraba a las 6 y estos menonitas, aunque alemanes de enésima generación siguen teniendo la cabeza cuadrada como si fueran de reciente creación. Si llegábamos antes de las seis, pues tendríamos cubiertas, si llegábamos a las 6.05, pues a ver dónde puñetas buscábamos alojamiento. Para facilitar las cosas había caído un chaparrón fenomenal y los caminos estaban que parecían pistas de patinaje. Pero llegamos a tiempo y pudimos comprar las dos cubiertas nuevas y dos cámaras de remolque que pudimos acoplarle. Aquel desagradable día nos enseñó  que en el Chaco no se puede arriesgar a entrar con cubiertas recauchutas o deterioradas por su estirada vida, como volvió a ocurrirle a los Sorrentinos que se metieron en la carretera del Chaco con las traseras del tractor recauchutadas y el tremendo calor del día que pasaron les despegó el recauchutado.
Al fin a las 11.30 llegamos a Asunción, al hotel Westfalenhauss, después de 19 larguísimas horas de viaje. Pero así es Paraguay donde el hombre propone y Dios dispone. Yo siempre, en Sudamérica, procuro dejar un día de margen para los imprevistos y nunca perdí un avión.

Cuatro noches en la selva.

En este atasco nos habíamos salido del camino y estábamos intentando pasar por el sacatierras. No lo conseguimos pero logramos ayuda pronto y esa noche dormimos en Asunción, al contrario de la noche del relato a continuación, que fue en la selva.

Angel tenía una comida a medio día concertada con el presidente Wasmosy en Asunción y habíamos dormido en Puerto Casado, por lo que tuvimos que madrugar y salir con La Montero hacia la capital. Como siempre Marcial, el mayordomo, nos tenía el café preparado y las botas relucientes a la puerta de la habitación. No importaba la hora a la que saliéramos, allí estaba él esperando. Antes de clarear ya estábamos en camino pues calculábamos unas siete horas de camino por lo que esperábamos llegar entre las 12.30 y las 13.00 horas. , pero antes de llegar a Campo Verde en un palmar, pasado Machete, en plena cuenca del cañadón Reservista empezó la lluvia, pero  esta vez el camino estaba bastante bien arreglado y compactado. Pero no importa, cuando no tienes el peligro de los atascos en las rodadas creadas por camiones y tractores, como vemos en la foto superior, que fue en otro atasco de donde nos sacaron antes de llegar la noche.  Lo que vemos en la foto no era el camino, si no el préstamo de tierras para elevar el mismo. Viendo por donde nos habíamos tirado podéis imaginar cómo estaría el camino que era la alternativa en este punto. Pero aquel día que teníamos que llegar a Asunción antes del medio día el camino estaba bueno, como la parte menonita, arreglado, nivelado y bombeado. Conducía Ángel, en aquel momento,  cuando el coche “le culeó”  por causa del suelo resbaladizo y él decidió acelerar para sacar el coche de ese lado y procurar centrarlo en el camino con el fin de circular por “el lomo”, situando el coche en el centro para que no resbalara hacia la cuneta. Pero ese desplazamiento hacia la cuneta fue precisamente provocado por el acelerón. Las ruedas traseras, tomaron mayor velocidad que las delanteras y el coche fue a parar irremisiblemente a la cuneta de la izquierda. Primero cayó la rueda trasera pero inmediatamente entró también la delantera en el canalito quedando incluso más sumergida que la trasera con lo que el coche, casi en un ángulo de 45º con la vertical, tenía todo el reposapiés delantero lleno de agua y también estaba inundado el reposapiés trasero de la parte izquierda. Es decir que tuvimos que pasar aquella noche uno en el asiento delantero: en una postura extremadamente rara, pues no podías apoyar la espalda en el respaldo del asiento, si no que tenías que hacerlo en la puerta y descansar los pies en la joroba central donde va la palanca de cambio o sobre el volante. El asiento trasero era menos incómodo al ser corrido y podías alargarte casi totalmente.


Muy cerquita del este lugar y de donde nos quedamos atascados es la foto donde se ven los yacarés durmiendo en el camino, del capítulo anterior.

El sito donde habíamos caído es parecido a este palmar pero las palmas estaban muchísimo más claras, tanto es así que podíamos otear más de 100 metros hacia ambos lados del camino antes que los árboles tapasen el bosque. Como nada podíamos hacer lo tomamos con filosofía. La ayuda con otro coche todo terreno no podía venir pues con el diluvio caído tampoco iban a llegar y estábamos  demasiado lejos para que nos enviasen un tractor desde el Pueblo. Por allí no pasó nadie hasta bien avanzada la mañana del siguiente día. La sorpresa se la llevó Angel cuando llegó la hora de comer. Yo, que había pasado ya dos noches y algunos largos días “tirado” en la selva, iba preparado para esta contingencia.  Saqué de mi nevera  un par de latas de Budweiser, muy frías, y un aperitivo de langostas en salsa de coctel, que me pensaba comer a medio día si el viaje salía bien. De segundo teníamos, una “bandada” grande, de lomo empanado, que como sabéis aguanta muy bien aunque se tome en frío. Vino no tenía porque a mí no me atrae demasiado y ni me acuerdo de él, pero algo tendría yo en mente para esa noche cuando sí llevaba una botella de cava español que también nos ventilamos entre la comida y la cena. A la hora de dormir ya estábamos cansados de estar allí, mal sentados, y salir no era alternativa pues cuando lo intentábamos éramos pasto de los  mosquitos gigante de los palmares. En cambio, por la noche, el cielo estaba precioso cuando pasaron las nubes y se veían miríadas de estrellas de las que sólo se distinguir la Polar. Mi falta de nivel en el  conocimiento del firmamento y de las especies arborícolas es deplorable en nuestro hemisferio, en el hemisferio austral es totalmente deprimente. El Lapacho, la Polar y poco más. Cuando fue noche total, a pesar de que no había salido la  luna, la suave luz de las estrellas permitía ver los bultos de los árboles y detrás de cada uno de ellos aparecían y desaparecían un par de ojos, Dios sabrá de qué clase de bichos. Si nosotros no nos fiábamos de ellos y estábamos atentos a su situación y a sus desplazamientos, parece que ellos tampoco se fiaban de nosotros, pues en toda la noche no se acercaron demasiado al coche. El ruido de fondo era infernal, ranas, sapos, grillos, pájaros y algunos  aullidos desconocidos. Recuerdo el grito desgarrador de una rana cuando era tragada viva por la serpiente. Lo conocía de nuestras marismas y allí suena igual de espeluznante. Toda esa algarabía, poco a poco, se va convirtiendo en un murmullo monótono que te ayuda a encontrar el sueño, aunque no pasas de un duerme vela, pues no te fías de lo que puede aparecer por allí cerca.

Aunque esta foto es sobre la vía en el km 20, en cambio, es una muestra perfecta del tipo de vegetación, donde pasé la segunda noche en medio del Chaco, que llegaba hasta el mismo borde del camino y donde un puma o yaguareté  podía estar a tres metros sin que te enterases.

Otra noche en medio de la selva y esta vez sí estábamos rodeados de lo que allí llaman “monte” es decir de una vegetación arbórea de alto porte y no se puede ver tres metros más allá del borde del camino, donde el coche también había entrado de cabeza en la cuneta y como no era muy profunda casi logró Andrés Oellen sacarlo de allí. Pero no pudimos, a  pesar de que tomamos la pala y abrimos dos carriles, ya sobre el camino, para intentar sacarlo poco a poco. Entre el barro tierno de dentro de la cuneta y el barro pegajosos de fuera no pudimos sacarlo y  como no pasó nadie más por allí aquel día, nos vimos obligados a pasar la noche en aquel agujero. De aquel día apenas recuerdo nada. No sé si llevábamos comida y agua, pero seguro que algo habríamos preparado, pues ambos sabíamos a qué nos exponíamos por ese camino. Lo que no se me olvida es la lipotimia que sufrí, tras una exhibición de pala, que manejo muy bien, pero de eso hace ya mucho tiempo, y a la que ya no estaba acostumbrado. Seguro que tuve un cuadro de hipoglucemia, por el esfuerzo, que me provocó la lipotimia. Entonces todavía no sabía que tenía problemas con mi azúcar, que tan pronto "estaba muy dulce" como otras veces “me salaba” más de la cuenta y ¡cataplúm! me declaraba en huelga forzosa de brazos caídos  Este mismo cuadro me repitió 8 años después, también en la Transchaco cambiando la rueda delantera del la Land Cruiser, cuya ruedas son como para camión y encima la de repuesto está colocada en un sitio, -parte trasera inferior del coche-,  que yo desearía les dieran un cursillo gratis y obligatorio a los ingenieros japoneses para cambiarla en medio del Chaco y atascados. Que entre otros cometidos, para este de cruzar el Chaco, está diseñado este todo-terreno. 
Así, con dos ruedas en el canalito del camino, por la tarde y lloviendo, era síntoma inequívoco de que teníamos otra noche “pagada” en el hotel del millón de estrellas, que mientras no te coman los mosquitos, te ataquen las serpientes, te rujan pumas y yaguaretés, te chille algún pecarí que se asuste y te sobresalte, ni te acuerdes de vampiros ni indígenas poco amistosos, es de una belleza inigualable. Yo sigo prefiriendo la incomodidad del hotel La Misión, donde la naturaleza chaqueña está representada en los frescos de las paredes y los indígenas y su arquitectura Jesuítica están reflejados en la fábrica del propio hotel, con su idílica campana que toca al atardecer para  recordarte que hay que dejar todas las ocupaciones ordinarias y entregarte, con cuerpo y arma, a la procreación o multiplicación de la especie, como obligaban los Jesuitas a los Guaraníes, y si tu compañera no anda cerca y espabilada, pues que sea con la que Dios quiera.

Olavo Ferreiro, Roberto Samaniego y yo. Al día siguiente era el único que tenía ganas de volver a Asunción, preocupado por Maricarmen y su miedo a las tormentas. Mis dos compañeros no tenían muchas ganas de abandonar aquel remanso de paz.

Aunque los hechos que narro esta noche y la siguiente no ocurrieron en el Chaco, tal y como se ubica en el mapa y ocurrieron  unos años más tarde, creo pertinente contaros las dos historias que continúan pues siguen siendo noches en medio de la nada y con un contenido histórico relevante para el narrador. Corazón de Jesús y Cambuchi, son dos estancias de Ñeembucú Norte, que aunque es un Departamento escindido del Chaco por el río Paraguay, sus tierras son hermanas mellizas de las chaqueñas. En cambio, su vegetación sólo es idéntica al Chaco en los albardones y partes altas, el resto de esta inmensa llanura se anega todos los años, como consecuencia de las periódicas avenidas del Tebicuary, y no permite el normal desarrollo de arbustos y árboles. Estas correrías merecerán nuestra atención más adelante y no con un capítulo, si no con varios, cuando contemos la búsqueda de la tierra ideal para arrozal  en Paraguay.
Estábamos dando una vuelta alrededor de la Estancia Corazón de Jesús, de nuestro amigo Roberto, por un camino elevado un metro sobre el terreno pero que el día anterior y su noche había dejado en la zona más de 150 l/m2. Nuestro coche llevaba ruedas “camineras” y llegó un momento que se negó a seguir avanzando. La suerte fue que delante, este atasco estaba previsto como posible, llevábamos otra camioneta bien equipada para este recorrido. Tuvimos que abandonar nuestro coche y recorrer los diez o doce km restantes con el vehículo alternativo. En ese punto nos esperaba una buena cabaña cerrada con ladrillos, por dos lados, dos habitaciones interiores y los otros dos lados abiertos a la selva pero protegidos por una enorme tela metálica. Allí se estaba bien, con luz, radio, teléfono, agua, comida y personal que nos atendía de maravilla. Pero pasadas un par de horas, sobre las 9.30 se desató una tormenta tropical de las que yo solamente he visto dos más durante los dos años que viví en Paraguay. Se fue la luz eléctrica, pero el exterior seguía iluminado como si fuese de día. Los rayos se solapaban de tal forma que entre uno y otro no había momentos oscuros, y recuerdo, como si lo estuviera viendo ahora mismo, cómo se apreciaban los detalles de la selva al final de la pista de aterrizaje que teníamos frente a la cabaña. Como a ninguno de los que allí estábamos nos alteraba la tormenta estuvimos mucho tiempo allí sentados hablando de todo y arreglando el mundo. Como suelo madrugar, yo deserté el primero y efectivamente antes de salir el sol estaba recorriendo los alrededores, viendo como apartaban un grupo de becerros que estaban vacunando, revisando el platanal que allí tenían para su consumo, su carnicería donde colgaban la carne para tener cecina, el tatacúa donde nos prepararon otro delicioso chivito, para medio día, incomparablemente mejor y más tierno, que aquel que nos pareció tan delicioso la noche de Campo Verde y me tomé un café, cosa rara en las viviendas del campo paraguayo donde se toma mate cocido por las mañanas y tereré el resto del día y de la noche. Recuerdo a una chiquita, preciosa, de unos seis añitos, sentada a la mesa tomado su cocido con nosotros a pesar de ser tan temprano. Como se llama Luján le  prometí que cuando volviera le llevaría su virgen, que por supuesto allí nadie conocía, y que la tengo en la repisa de mi dormitorio guardada, pues me acordé, cuando poco tiempo después, visité la Basílica de Luján y pienso que algún día tendré la suerte de poder dársela aunque ella seguro no se acordará de aquello.

Cabaña de invitados y jefes en Cambuchí.

Cambuchí, cántaro en guaraní,  es una pequeña finca de unas cincuenta mil has que para llegar a las viviendas hay que atravesarla por completo y pasar todo el camino de otra, que tiene cerca de veinte mil has. En aquellos días andaba con mi compañero de correrías, Luis Aníbal Ferreiro, que tuvo la enorme paciencia y amabilidad de enseñarme todas las fincas importantes de esa zona que en total suman más de doscientas mil hectáreas y que ya conozco mejor que la inmensa mayoría de paraguayos. Igual que me ocurre con el Chaco, que en Paraguay es el gran desconocido de la población. Para llegar a la estancia de Cambuchí desde el portón de entrada en el camino de Alberdi, en total hay que recorrer unos cuarenta y cinco km de caminos malos y abrir y cerrar unas cincuenta cancelas o portones, construidos de grandes troncos, para evitar que el ganado salga fuera del potrero que tiene asignado. Cuando llegamos a la estancia, Cambuchí, ya noche cerrada, estaba absolutamente destrozado. Habíamos comido, en Villafranca, un trozo de pan con atún y una cerveza y el resto de la larga tarde la había dedicado a abrir y cerrar portones de forma que cuando llegamos a la casa estaba totalmente derrotado. Me entró un frío atroz y unos temblores, que preocuparon mucho al amigo Luis Aníbal, seguramente provocados por otra bajada de azúcar, pero como yo los conocía de otras veces que los he sufrido al meterme en la cama con unas sábanas frías y húmedas, no veía motivo para estar preocupado. El que sí lo estaba, pues pensaba que me ocurría algo malo, era Luis Aníbal. Yo intentaba tranquilizarlo mientras, tapado hasta las orejas, temblaba como un gatito mojado. Con una buena sopa caliente desaparecieron aquellos síntomas, que no sé muy bien de qué son, pero llevo años sufriéndolos esporádicamente y no me preocupan, porque se curan con un  buen vaso de leche con coñac. Mitad y mitad.

Yacaré junto al camino.

Para disipar las dudas que alguien pudiera tener al decirle que esta margen izquierda del río Paraguay es Chaco puro, os muestro esta foto tomada desde el camino de Villasanti por donde tuvimos que atravesar para llegar a Cambuchí. Este animalito al que veis tan tranquilo y que fotografié  desde el otro lado de la cuneta, menos de dos metros, cuando se despertó y me vio, dio una salto de más de un metro de altura y cayó en el canalillo, que teníamos entre los dos, duchándome, literalmente. No recuerdo muy bien cuál de los dos saltos habría ganado en altura y longitud, si el suyo o el mío. 

Buscando campo.

Con Ángel y Hermosa en nuestro paseo por Casilda

Este fue mi primer paseo a caballo por Paraguay. Estábamos en Casilda, una estancia de Carlos Casado S.A., situada frente a Vallemí, el último pueblo paraguayo subiendo por la linde izquierda del rio hacia la frontera con el Brasil del que lo separa el río Apa. Vallemí crece alrededor de la mayor cementera de Paraguay que fue construida por españoles, aunque es propiedad del Gobierno Paraguayo.
El grupo visitante estaba compuesto por Angel Cavanagh, director de Casado S.A., Eugenio Hermosa, capataz general, Eugenio Bertolí, ingeniero agrónomo y gerente de una gran empresa arrocera sevillana, Federico, Director de la Caja Rural de Sevilla y yo, como observador ,encargado de elegir a los agricultores a los que se les ofrecería participar.
La iniciativa de crear un proyecto arrocero en el Chaco había surgido en una conversación informal, en el Hotel Ritz de Madrid, entre Pedro Beca, -hijo del fundador de la empresa R. Beca y Cia.S.A., Rafael Beca Belmonte, que desarrolló la zona arrocera sevillana- y Hernando Campos, padre de María Campos, esposa de Angel Cavanagh. Ellos habían pensado en la posibilidad de hacer en Puerto Casado algo similar a lo que había hecho Rafael Beca en las marismas sevillanas y Pedro había formado un equipo, contando con el agrónomo, el bancario y  yo, al que había reservado, como conocedor de los agricultores, la responsabilidad de  proponer a  las personas que debían participar. Como me negué a enviar agricultores amigos a un lugar desconocido me invitaron al viaje a fin de poder explicarles el lugar y las posibilidades del proyecto a las personas a las que se les  ofrecería. ¡Me quedé totalmente prendado de Paraguay!. Pero este será el tema de próximos capítulos sobre el proyecto arrocero. Lo que ahora nos ocupa son las anécdotas como jinete en el Chaco. En este primer paseo a caballo sólo participamos, Angel, Hermosa y yo, pues tanto el ingeniero como el bancario declinaron la invitación y creo que optaron por la solución más razonable para su edad y peso.
Las sillas de montar chaqueñas sólo se parecen a las nuestras en que tienen estribos y cincha. Cuentan con una manta para proteger el lomo de la caballería, un saco relleno de paja, lana u otro material muelle, una piel de borrega  y el cubre-todo donde van amarradas las espuelas y la cincha que amarra todo el conjunto donde se apoya el jinete. Como podéis comprobar no tiene pomo donde agarrarte,  -que en el Chaco lo evitan para que en una caída fortuita no reviente al jinete si el caballo rueda sobre él-, ni tiene silla donde colocarte y mantener las piernas cerradas alrededor del cuerpo del animal. Allí vas sentado con las piernas abiertas, como si te sentaras sobre una mesa de comedor, con un cojín debajo y así cuando me bajé del caballo, tras más de dos horas de paseo, tenía agujetas hasta en el cielo de la boca.
Pero aquella no fue la única experiencia dolorosa de la mañana. Aquel enorme palmar, lugar húmedo, con charcos y habilitado como potrero para caballos, era un edén para los tábanos, esas enormes moscas negras, que en la bética romana las llamarían “muscus testicularis” por lo pesadas, reincidentes y por el lugar preferido donde situarse. Pero en realidad los pesados no son los tábanos -a los que les gusta ir de flor en flor “libando el néctar y el polen”-, si no las “tábanas” que son hematófagas, como nuestro queridos mosquitos marismeños o los vampiros chaqueños, pero con una notable diferencia. Mientras mosquitos y vampiros cuando te clavan el aguijón o te lijan la piel para extraer sangre, simultáneamente, inyectan un sedante vasodilatador, mientras que estas “tábanas canallas” en lugar de picar parece que muerden, como los vampiros humanos de la Selva Nagra, que clavan sus colmillos en el cuello. Yo que iba vestido de verano, aunque llevaba manga larga, pensando en los mosquitos, no llevaba botas si no que tenía puestos los zapatos de calle normales con unos calcetines ejecutivos negros, que es como enseñarle el capote rojo a un miura. ¡Qué paliza me dieron!, tenía que llevar los pies delante, en la parte superior de la silla para intentar ahuyentarlas lo más rápido posible.


Palmar de Machete.

En realidad los paseos por la zona de la estancia Machete o más concretamente por el Cañadón Reservista fueron varios puesto que lo que iba buscando eran las antiguas estructuras de las represas para ver qué posibilidades de retener agua teníamos y cuál sería la totalidad a embalsar, viendo las posibilidades de regular el agua para el arroz. Llegaba en coche al lugar cercano y allí me esperaban con caballos para penetrar hasta las antiguas represas, todas ellas rotas desde hacía tiempo. Era un auténtico placer a la vista pasear por medio de esa vegetación lujuriante que podemos apreciar en la foto. No fue tan agradable una de las visitas cerca de Güajó donde tuve que atravesar una gran zona inundada donde el agua mojaba frecuentemente la barriga del caballo. Las botas tenía que llevarlas sobre la silla para que no se mojasen. Esta también es una postura muy molesta y que, por no ser, de uso normal, causa problemas con las agujetas. Además como no se veía los senderos, el caballo iba, por instinto, por el túnel que va dejando la ganadería a través de la enmarañada selva. En una de las veces que pasamos, caballo y yo, por el túnel que formaba el ganado me dejé un buen trozo del pantalón vaquero y parte de piel de la pierna derecha. Aquel caballo no tenía conocimiento, ni me hacía mucho caso, por donde veía el paso ahí se dirigía y claro, caballo y yo,  éramos más altos y más anchos que las vacas o caballos sin jinete y me espabilaba o dejaba ropa y piel repartida por troncos y ramas.  Por esa misma razón veréis que llevo puesto, en algunas fotos, un poncho de lona que evitó que me dejara alguna tira de piel de los brazos, en las espinas de los algarrobos y algún que otro árbol espinoso, que abundan, pues es una defensa contra los depredadores de corteza.
 Pero tal vez el peor rato que pasé en estos paseos fue el día que cabalgando por la brecha, abierta en la selva  para colocar las torres para los cables de alta tensión, llegó un momento que me encontré  cansado y viendo al borde del bosque un lugar que no había tapado el agua y que me ofrecía un rato de relax de las piernas, acerqué el caballo y bajé en la pequeña isleta para fumarme un cigarrillo y descansar las piernas. No había quemado medio cigarrillo cuando comprendí el enorme error que había cometido. Me había bajado sobre un hormiguero de “comebolas” esa hormiga roja, prima hermana de la “marabunta” Cuando miré hacia abajo ya las guerreras me habían invadido las dos piernas y subían raudas hacia mi cintura. Algunas se habían colado entre botas y pantalón y ya las notaba sobre la piel de las piernas. Recordé, de inmediato, la película “Cuando ruge la marabunta”, protagonizada por Chatlon Heston, en el momento en que las hormigas atacan al encargado de abrir las compuertas para inundar toda la zona  y evitar la invasión de la plantación. Lo vuelven loco en los primeros mordiscos, con la inoculación del ácido fórmico, y posteriormente se lo meriendan. Aquellas hubieran hecho lo mismo conmigo si de un salto no hubiese montado a caballo matando las que se habían colado en mis piernas, pellizcando los pantalones con la hormiga entre los dedos y sacudiéndome las que estaban en el exterior.


Encargado de la estancia con su barca fabricada directamente vaciando un tronco.

Las visitas al riacho Mosquito estaban enfocadas principalmente a buscar la causa por la que se  salaba el agua de riego en nuestra toma del arrozal. Aunque yo tenía bastante clara la causa por la cual se salaba, pues en los planos se veía que el riacho, en su cabecera, llegaba hasta la zona de marismas de agua salada que había cerca de su nacimiento, que yo  conocía, pues en unos de los viajes por el interior, había pasado por ella y era una copia de nuestras marismas sevillanas. Como veis en la foto hay un pequeño lago que debe ser un paraíso para los animales de la zona. Por las mañanas y al atardecer pueden verse cientos de animales, de todo tipo, cuando van a beber. Por ello se había pensado en crear un puesto de observación para turistas y en base a ello montar un pequeño complejo turístico, haciendo llegar hasta allí un nuevo ramal del ferrocarril, que se uniera al ya existente, que tendría que ser  habilitado para exclusivo  uso turístico de los  tres o cuatro lugares interesantes del entorno. 

Como si fuera un caballista consumado.

Dieciocho años desde que se tomó esta foto, al más puro estilo John Wayne, como si yo fuera un consumado jinete cuando en realidad, en aquella “silla-mesa de cocina”, de montar, cuando el caballo salía a galope no sabía dónde agarrarme para no dar con mis huesos en el santo suelo. ¡Pero me divertía, y mucho, montando a caballo por la selva y los palmares!, a pesar de los mosquitos, de las ramas traicioneras que te arañaban o pinchaban, de las serpientes arborícolas que te veían pasar a escasa distancia pero que nunca, ninguna de ellas, se tomó la molestia de “saludarme de cerca” y a pesar de que tenía que ponerme una faja reforzada con ballenas para mantener recta mi espalda cuyo disco intervertebral, entre la quinta y sexta lumbar, lo tengo machacado hace más de treinta años.

Cabaña de Riacho Mosquito.

No he podido localizar por internet el asentamiento Maskoy de Riacho Mosquito, pues quería confirmar que está cerca de la laguna de la foto y de las chozas que hay junto a esta cabaña que vemos arriba. Es uno de los lugares donde se podía llevar a cabo un asentamiento con cierta garantía de éxito, pues ya existían bastantes chozas, habitada por indígenas, un buen lugar de pesca y caza y un acceso bastante aceptable, tanto para los indígenas cuyos desplazamiento son regulares, en busca de alimentos que cede la administración del Alto Paraguay, como para el acceso de monjas y curas que regularmente van a curar cuerpos y almas de los indígenas. Los pobres Maskoy, entre políticos y curas, se han quedado sin sus tierras de caza, sus dioses ancestrales, sus costumbres y tradiciones y como alternativa tienen un pequeño coto de caza en tierras de otro, un rifle ,viejo, roto y con cuatro o cinco cartuchos, una religión prestada y una dependencia del estado para sobrevivir. Sin embargo tanto unos como otros le pasan las culpas a los empresarios que compraron legalmente sus tierras y que las "registraron con todas las de la Ley" Si exceptuamos a los usurpadores de tierras, que los hay de toda condición y color, el resto de propietarios que compró y pagó, su valor del momento, no pueden ser acusados de poseer unas tierras que tienen habitantes dentro del territorio, tanto si se las vendieron con esa condición como si han entrado después. Se sufre una injusticia, por ambas partes, propietarios y ocupantes, causada por una legislación que nunca tuvo en cuenta esta contingencia.


Ortiz, a mi derecha. A mi izquierda, Hermosa, Angel y otro capataz de estancia. Una de las primeras visitas de inspección por los alrededores de Casado buscando las mejores tierras para el proyecto de arroz

Desde el momento en que nos instalamos en Puerto Casado, en Septiembre de 1994, ya con la maquinaría que habíamos traído desde España, empezamos con los trabajos para la siembra del arroz. El campo lo teníamos desmontado y los árboles en grandes montones que ya la mayoría habían sido quemados. En cada montón había una buena parte de madera, no calcinada, más las cenizas y la  tierra de las raíces por lo que quedaban montones de un metro de altura por unos diez de diámetro. Nuestro primer trabajo era trazar canales de riego y desagüe y algún camino para poder sacar el arroz. Los montones, tierra fertilísima, por la cantidad de minerales que tenía, la trasladábamos a las partes más bajas. A continuación teníamos que labrar la tierra, bien con la grada de discos o con el cultivador, que era lo más fácil. Ahí empezaron los problemas serios de la preparación del terreno ya que al cultivar sacábamos a la superficie raíces astilladas y trozos de troncos que no permitía a los tractores trabajar pues estaban continuamente pinchados.
A  la vez tenía que buscar el sitio para las futuras e inmediatas ampliaciones ya que la superficie desmontada no llegaba a cincuenta has. y la idea era hacer miles, si el mercado del arroz orgánico lo permitía. A continuación del trozo desmontado había una zona más alta y arenosa donde yo no quería ampliar el arrozal porque el capataz, Hermosa, le llamaba “el monte de los monos” por la gran cantidad de monos aulladores que vivía en esa parte. Así que empezamos a buscar más allá de esa zona, preferentemente en los palmares, pues están menos desnivelados. Cada vez que tenía la mañana libre le pedía a Ortiz que me preparase una montura para ir metódicamente recorriendo los alrededores. La mecánica era más o menos la misma. Yo  había dividido por sectores las zonas limítrofes y cada día hacíamos un recorrido distinto que yo dibujaba y que iba pasando a un plano de situación con las características del terreno, sus desniveles y su tipo de vegetación. Tenía que tener en cuenta, también, por donde íbamos a regar y cómo desaguar, especialmente las grandes lluvias. Salíamos muy temprano, al clarear el día y lo único que me llevaba era una lata de cerveza fresca en una bolsa térmica para que no se calentara. Al poco rato le pedía a Ortiz que me preparara el desayuno y entre los dos escogíamos una pequeña palmera a la que en un periquete le cortaba las hojas exteriores y me preparaba el tallo. Como los palmitos que vienen en lata, pero al natural y con una textura distinta, comparable a los palmitos que comíamos de chicos, en Valencia, aunque éstos últimos eran mucho más ácidos. Estos paseos fueron muy interesantes, pues eran lo más parecido a un curso de supervivencia en el Chaco ya que Ortiz, gran conocedor de terreno y plantas, me indicaba qué se podía comer y qué era venenoso. Aunque en estos recorridos no nos alejábamos mucho de la carretera nunca me dejaron hacerlos solo. Únicamente salía solo cuando el recorrido era entre el pueblo y el km 11.

Este es el cuarto de aseo de los indígenas del km 11

Km 11 es el nombre de la estancia ganadera de Casado, S.A. que está situada en ese km contado, por la vía del ferrocarril, partiendo desde la fábrica de tanino de Puerto Casado, como km 0. En esa estancia, además de la casa de ladrillos para el capataz, que entonces no tenía y el trabajo se organizaba desde Casado, había unas cuantas chozas habitadas por indígenas Maskoy, que trabajaban allí como peones, -cuando les daban trabajo-, y que cuando empezamos el proyecto de arroz los contratamos, primero para limpiar el campo de palos y después para escardar el arroz a mano. La relación de trabajo con los indígenas la ampliaremos cuando contemos el proyecto ya que tiene su enjundia. Entre otras cosas llegué a pensar más de una vez si aquel sueldo que cobraban, que era el mismo que cualquier peón paraguayo, les servía para bien o para mal, dado el enorme porcentaje que utilizaban comprando ron.
Muy cerquita de las chozas existe un puente, en el camino de Casado a Loma Plata, donde el paso del agua a erosionado la salida formando la poza que vemos en la foto. Bueno, que sabemos existe debajo de los camalotes que la cubren. Concrétamente en este punto tiene una profundidad de un metro y medio, cuando está con este nivel tan alto. Haría poco tiempo que había llovido y el desagüe está alto y, por tanto, el agua también. Pero pueden pasarse meses sin llover lo suficiente para que ese torrente lleve algo de agua y sigue siendo el único baño que tienen puesto que no hay agua cerca, si no es el río Paraguay que está a varios km cruzando selva o a 8 por el camino.Este charco, limpio o sucio, es el agua que utilizan para todo excepto para beber. Para el resto de funciones propias de un baño, cuentan con la amplia selva y no creo que se le planteen los problemas que tuve cuando tuve que apañarme en ese vasto cuarto de baño.